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 Saouji Haru

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Sakku

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MensajeTema: Saouji Haru   Miér Dic 22, 2010 8:35 pm

Nombre: Saouji Haru

Edad: 19

Sexo: Mujer Hombre

Apariencia: Haru no es una persona físicamente normal. De altura media y complexión delgada y poco musculosa, no es el típico chico en el que te fijarías más de dos veces según eso. Gracias a esto, posee una gran ventaja inicial sobre el rival, que tiende a subestimarlo.
No obstante, resulta cuanto menos vistoso por su larga cabellera roja, que le llega más allá de la cintura –resalta especialmente cuando va vestido como chico- que generalmente va recogido en una coleta, cuando no por un lazo cuando va vestido como chica. Su rostro es bastante peculiar, poseyendo rasgos finos y piel clara que ayudan a la hora de aumentar su aspecto andrógino, ayudándole a acomodarse a los aspectos de ambos sexos sin problemas.

Spoiler:
 

Personalidad: Por lo general, es una persona bastante fría y distante, encerrada en un mundo aparte muy lejos de la realidad, hasta el punto de parecer inaccesible algunas veces, y eso hace que sus relaciones sociales sean más bien escasas. Por otra parte, le cuesta confiar a los demás, pensando que todo es más efectivo si lo hace él mismo; eso le hace una persona totalmente independiente que, además, presenta unos ligeros rasgos de oclofobia. Por otra parte, su
Tiene un carácter fuerte, difícil de influenciar, lo que hace que muchas veces sea bastante cabezota y orgulloso, y eso le da dificultad para pedir ayuda, agradecer o admitir que se ha equivocado. Además, es una persona calculadora, que antepone en primer lugar sus objetivos a cualquier otra cosa, y tiene más bien poco sentido del remordimiento.
Es reservado: odia que se metan en su vida, mucho más que pregunten sobre tu pasado. Llegando al tema de los padres, es potencialmente peligroso, especialmente con la mención de su progenitor. Pierde la cabeza con las alusiones obscenas a su madre.

Historia: La vida no es justa. Mientras que a algunos les toca todo aquello que desean, otros han de luchar con uñas y dientes por conservar lo poco que tienen. Y sobre eso, Haru sabe más de lo que debería.

Creció como cualquier otro chico de clase media durante los primeros años de su vida, sí, disfrutando entonces de la despreocupada juventud. Era bueno en sus estudios, muy sociable y activo y demasiado joven pequeño para ver la realidad de lo que le rodeaba completamente. Por eso, nunca fue capaz de ver como la relación de un padre hastiado y una madre sensible se iba enfriando con el paso de los años. Hasta que fue demasiado tarde.

Entonces, una mañana como otra cualquiera, su padre los abandonó. Sin explicaciones, sin despedidas… Sin importarle el hecho de dejar solos a un niño que todavía era demasiado niño para afrontar él sólo la realidad y una mujer demasiado sensible como para aceptar la verdad. Y el pequeño mundo de Haru se cayó a pedazos, hasta dejar apenas ruinas.

Mientras que su madre se sumía en una profunda depresión que la hizo ajena a la realidad hasta el punto de ignorar a su hijo, él tuvo que dejar sus estudios y buscar un trabajo con el que mantenerlos a ambos, renunciando con ello a todo lo que ser adolescente implicaba. Pero lo hizo con gusto, porque él quería a su madre. La quería más que a nada en el mundo, y con el patán ese fuera de escena, ella sería completamente suya. Él sería su soporte, sería el centro de su mundo. Esa idea le gustaba mucho, más de lo que el límite de la normalidad estipulaba.

Triunfó, contra todo pronóstico. No de forma perfecta, porque vivían en un apartamento pequeño de apenas una habitación y su jornada de pluriempleado era igual de larga que la de una persona de más edad, pero conseguía mantener un techo sobre ambos y un plato de comida en la mesa para su madre –porque para él lo más importante era que ella se alimentara, entonces no importaba si tenía él que pasar hambre. Eso le daba esperanzas. Quizás, si todo seguía así, su madre saldría de su mutismo y ambos estarían juntos al fin. Para siempre.

Se equivocó.

Él se partía el alma trabajando. Día sí, día también, hasta caer agotado. Y muchas veces tenía el estómago vacío al acostarse. Pero eso no era suficiente. Porque él la cuidaba por fuera, pero no podía luchar contra aquello que se formaba dentro de aquella cabecita que él tanto quería. El infierno, La soledad. La desidia. La locura. Un mundo en miniatura de subsistencia tan precaria que tenía que acabar llegando al colapso.

Y lo hizo, año después de que su amado la dejase sola.

Él había conseguido salir antes, cambiándole el turno a un compañero. Por el camino, había decidido darse un capricho y comprar un pequeño pastelito de regalo para ella, de fresas, que era el que más le gustaba. Como celebración de su libertad. Pensaba atenderla como una reina ese día. Y de nuevo, todas sus ilusiones le estallaron en la cara cuando al abrir la puerta del piso de la encontró en el suelo con un cuchillo en las manos y los brazos rajados por doquier. Los médicos le diagnosticaron una cadena de psicosis que acabó desembocando en la esquizofrenia, gracias a la ayuda de un trastorno depresivo mayor. La esquizofrenia indiferenciada, que era la que tenía, hacía que su mente la mantuviera cautiva en otro mundo. Lejos de él.

Por supuesto, los médicos le aseguraron poder recuperarla. ¿Igual que antes de caer en aquel pozo de silencio? No. Pero si que podría volver a la realidad. Podría ser ella de nuevo, ser consciente de todo. Ser consciente de lo mucho que él la quería. Y corresponderle.

Ese fue el alimento de su esperanza durante seis meses de visitas semanales en las que se pasaba horas y horas hablándole con dulzura, acariciando sus manos y dándole besos en la frente. Transmitiéndole como podía todo el amor que había en él, deseando que eso la ayudara a salir. Pero todo iba a peor. Cada día estaba más lejos de él. Cada día olvidaba un poco más su realidad, para hundirse en un nuevo mundo creado a partir de delirios. Comenzando desde las cosas pequeñas –su gato adoptivo era de color claro en vez de negro, confundía continuamente a sus profesores de primaria-, poco a poco empezaron a trastocarse en su cabeza todos los datos importantes –su casa había estado en Hannô en vez de en Hanyû, olvidaba el nombre de sus familiares. Todo se fue por el desagüe el olvido, a favor de la fantasía de sus demencias. Hasta que lo olvidó a él también.

Ese día quedó grabado a fuego en su mente, con todo lujo de detalles. Desde la mirada frenética, hueca, de su madre, hasta el momento en el que todo su mundo se vino abajo cuando esas palabras cruzaron el aire, al mismo tiempo que su corazón se rompió en pedacitos pequeñitos y afilados.

«¿Hijo? Yo no tengo ningún hijo. Yo jamás he tenido hijos. Yo tengo una niña, una preciosa nenita, la hija que tanto deseaba mi esposo.»

Junto al deseo de morir, le entraron instintos homicidas. Pero no, no hacia su madre. Jamás podría sentir algo así por aquel rostro de ángel. Sino hacia su padre. Aquel cretino había vuelto a ganarle, volviendo a llevársela. Le daba igual lo que los médicos le dijeran, para él estaba claro. Entonces, ¿qué podría hacer? Ella estaba totalmente fuera de su alcance.

O quizás no. Le tardó varias horas de insomnio darse cuenta. Ella quería una niña y él quería darle todo lo que ella deseaba. Pues bien, entonces la solución era fácil. ¿Quería una hija? Él le daría a su hija. Él sería todo lo que ella quisiera. Porque tenía que ser él el centro de aquel pequeño y demente mundo, y no su padre. Aunque eso implicara olvidarse de sí mismo.

Cuando llegó el siguiente turno de visita, no fue aquel chico con cara de desesperación el que se presentó a ver a su madre. Lo hizo una preciosa señorita de andar grácil, aunque porte quizás demasiado rígido. Las enfermeras tardaron en reconocerle, pero no dijeron nada. De igual manera, a él no le importaba, porque volvía a recibir la atención de su madre. Y poco a poco empezó a cambiar: perfeccionó su voz, evocando un tono más suave de feminidad cada vez con más facilidad; se dejó crecer el pelo como una chica, hasta que lo tuvo lo bastante largo como para dejar de usar peluca; empezó a utilizar ropa femenina cada vez que la visitaba, llenando parte de su armario con ella, e incluso compró maquillaje para cubrir de mejor forma su masculinidad…

Aunque claro, esa no era una solución perfecta. En el fondo, cada visita mellaba un poco más su herido corazón, porque a pesar de que ella era engañada, él no podía hacer lo mismo con él. El hecho de que ella quisiera tanto a una máscara, le dolía, por mucho que tratara de anestesiar el dolor con la idea de que ahora ella era suya. Porque ni siquiera lo era, eso era evidente cada vez que ella le acariciaba y susurraba con dulzura lo mucho que se parecía a quien tanto odiaba. Estaba empezando a perder la razón a base de tanta desesperación.

Y entonces, llegó la luz: un tratamiento experimental que podría curarla. Curarla de verdad, de forma que dejara de vivir en ese mundo paralelo que tanto le hería. El problema era que eso exigía una cantidad de dinero exorbitada para alguien como él.

Por suerte o por desgracia, antes de que cayera en un nuevo pozo de desesperación, se encontró con que al volver de una de las visitas de su madre, un teléfono público sonaba. Cuando fue a contestar, la llamada se terminó, pero antes de que se fuera salió a la luz una tarjeta de color rojo que rezaba “Psyren”. Se adueñó de ella (quien pierde, añora; quien encuentra, atesora) sin saber lo que era, sin embargo pronto le llegó el rumor. Psyren, el gran secreto. No le llamó la atención por el hecho de un viaje al paraíso (fuera lo que fuera lo que prometían, su paraíso estaba en otra parte), sino el dinero que ofrecían tanto por las tarjetas como por la información.

Si subastara la tarjeta por cinco millones podría hacer que su madre regresara. Pero después, ¿qué? Le daría la misma vida que habían tenido hasta ese momento. En cambio, con los quinientos millones, no solo la haría volver, sino que le podría servir el mundo en bandeja de plata. Y entonces ella le querría de verdad. El problema era ese viaje al paraíso. Se decía que nadie volvía, y él no podía darse el lujo de no regresar.

Fue una crisis de su madre durante una visita la que le hizo determinar su decisión: iría a por los quinientos millones, al menos en un principio. Pero si las cosas se torcían, subastaría la tarjeta. Y, como él no era de los que pierden el tiempo, decidió empezar cuanto antes. Por ella, por el mismo. Por el maravilloso futuro que les esperaría… juntos.

Lo hizo en la misma cabina que quedaba al salir del hospital. No se anduvo con rodeos, se limitó a mirar alrededor para ver si había alguien cerca que pudiera verlo, y, al no ver a nadie, sacó la tarjeta y la insertó en la ranura.

- ¡Saludos! Tu mundo está ahora co-nec-ta-do!

Curiosamente, al escuchar esas palabras, le dio la ligera sensación de que no había marcha atrás.

Stats: Se deben repartir 14 puntos entre las siguientes categorías:
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Agilidad: 5
Resistencia: 3
Inteligencia: 2
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MensajeTema: Re: Saouji Haru   Miér Dic 22, 2010 11:03 pm

FICHA ACEPTADA


Bienvenid al foro de Psyren... ,sakku puedes postear en el rol libre (El presente, exceptuando el campo de batalla) por el momento, ya que todos los demas usuarios estan roleando en la primera mision. Si tienes alguna duda o consulta puedes decirmela.Probablemente inicie su mision mañana asi que revisalo. Eso seria todo, suerte...
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